Adiós, dejo el movimiento...

Escribo en este mi blog para anunciar que me quito del movimiento hip hop después de diez años militando entre las filas de los soldados de ésta, nuestra cultura. Después de salir a pintar algún muro con mis Montana, bailar break en alguna plaza y escribir un par de letras mal rimadas, después de dejarme el dinero en comprar cd's originales de rap nacional para apoyar artistas de mi movimiento y tras intensos fines de semana bailando al ritmo de las canciones más clubbis en garitos de música negra, dejarme mi sueldo en ir a festivales y conciertos con carteles variopintos, ver batallas de gallos y convertirme en una maquetera de poquísima repercusión, después de sentir el rap por cada poro de mi piel…

Por fin, decido abandonarte, HIP HOP.

No haré una gran despedida, no escribiré un tema comparando al rap con un gran amor que me abandona, ni diciendo que él (parece un chico… ¡Pero no! ¡Es el rap! ¡Sorpresa!) me acompañó en las noches más frías. Me voy por la puerta de atrás, odiando esta cultura con todas mis fuerzas, porque ¿Sabéis qué? Esto ni es una cultura ni es nada, esto, en este año 2008 es un montón de niños aburridos creyendo que algún día podrán vivir del rap pero criticando a todo el mundo que vive de ello, se ha convertido en un montón de ignorantes que defiendes ideas que ni ellos mismos saben cuáles son, se ha convertido, o a lo mejor siempre ha sido, en una de las mayores hipocresías basadas en auto-engaño de la historia del ser humano.

El hip hop, hoy en día, es creerte mejor que lo demás por que en vez de escribir poemas adolescentes en una libreta, escribes poemas adolescentes en una libreta y le pones un ritmo 4x4, porque si vuelvo a escuchar, en cualquiera de sus formas: " mi única compañera es la tinta y el papel y mis rimas son mis balas" voy a vomitar, porque hoy en día todo está mal, porque antes la gente imprimía con su impresora de mierda fotos de NWA y la colgaba en la pared y era guay y ahora los niños gritan que poner pósters en una revista es destruir la cultura. ¿Qué cultura? ¿Qué cultura? Cultura fue la griega, el Antiguo Egipto, la cultura helenística, el Renacimiento, eso fueron culturas, no cuatro niñatos con un nick cutre y un grupo cuyo nombre es una frase hecha más que vista: "los herederos de la rima", "tumba abierta", "bajo los focos", "ratas del subsuelo", "manolito mc" o "derrame cerebral", diciendo idioteces que no dicen nada, escribiendo letras sobre que su vida es tan vacía que sólo saben escribir sobre escribir, porque él escribe, tú escribes, todos escribimos. Muy bien. Venga, todos a escribir, todos a frustrarnos, todos a los foros y todos a criticar a quienes logran vivir de esto, a quienes casi lo logran, a quienes lo intentan.

Esta cultura no es más que una panda de niñatos creyéndose muy guays. Seguid creyendo que los intrusos os destruirán, que las multinacionales, los politonos, los pósters, el rap "diferente a lo de siempre", el rap que habla sobre amor, el rap fusionado, salir en MTV, los videoclips con efectos especiales, que nos escuchen los pijos!! Todos vienen a romper vuestra cultura porque para los b.boys y b.girls ¡TODO EL MUNDO ESTÁ EN NUESTRA CONTRA! Pues pequeños, los únicos que lo estáis destruyendo sois vosotros porque no sois capaces de ver que escribís y rapeais como el culo, que no tenéis cultura en general ni cultura musical alguna o de ningún tipo y que dais más pena que gloria. Por eso me salgo de esto, por eso dejo de ser b.girl, porque echo de menos escuchar a alguien decir que le gusta el rap sin más pretensiones que escuchar rap, respetando "de verdad", y abriendo su mente al lógico cambio de la sociedad.

No hay cultura, el hip hop ha muerto y vosotros no nacisteis en el Bronx. Sois sólo unos putos críos que creéis que llevar más años que nadie "en esto" os concede un grado. No le importáis a nadie. Ya podéis poneros todas las equis equis equis ele que queráis y decir tantas veces como queráis lo del boli, la tinta, el papel, los versos, los tracks, vuestra mierda, la calle, vuestro cuarto, mis ideas, fluyen con el viento, soy un crack, oh vaya, zorras, como molo. Basura, tan basura como los poemas de amor de mi prima de nueve años. Eso es el rap hoy en día, la excusa de los tontos para decirle a sus padres que dejan la ESO porque tienen futuro como mc's.

Adiós, no me volveréis a ver por aquí. Pero por lo menos yo sí sé que a nadie le importa.

Soy normal, de verdad, soy normal, lo soy, de verdad

No sé si conocéis a Katy Brand. Es una humorista inglesa que se dedica a hacer esos sketches ingleses con un humor tan rebuscado, surrealista e impredecible que cuando termina te preguntas por qué demonios te has reído. En uno de sus habituales, se dedica a descuartizar a Kate Winslet, sí, la olvidada para el mainstream protagonista de Titanic, que se ha dedicado a hacer desde entonces películas inolvidables del cine independiente y algunas comedias de dudosa calidad… Katy imita a Kate Winslet (y a Kate Moss, ¿Casualidad? sic) básicamente por su afán de ser normal y llevar una vida normal lejos de las estrellas de Hollywood. Katy la caricaturiza como un ser desquiciado y esquizofrénico con unas ansias desmesuradas por ser tan normal como cualquiera. No puedo aquí reproducir su humor o pretender tener gracia porque es imposible, pero a lo que voy, Katy me ha hecho pensar mucho en lo duro que debe ser ser famoso…. ¿Por la prensa? ¿Por las fotos por la calle? ¿Por estar expuesto al público? No, por algo mucho más profundo y complejo: hagas lo que hagas estás haciéndolo mal y nunca más podrás ser normal, o como diría Katy: LIKE NORMAAAL.

Ayer tuve una prueba fehaciente. Estaba en un concierto de Pink, (sí, todavía existe y sus fans siguen teniendo quince años y ella parece seguir teniendo veinte ¿Soy la única que crece?) y entre el público había una celebrity, de poca monta eso sí: Soraya, extremeña y triunfita… pero ella sola cargó con el peso de ser la única, de que no hubiese más famosos entre el público... Y lo hizo con unas grandes dosis de extravagancia en indumentaria y maquillaje: había introducido su cara en un bote de talco y se había vestido en una boutique vintage del siglo XXI, parecía, a todas luces, una foto en sepia de mi bisabuela cuando era joven. Pero ella, con su novio-bolso, saltó más que ninguna y alzó su móvil – cámara más alto que ningún fan para luego colgarlo en su flickr – fotolog – myspace – facebook – hi5 – tuenti. Y a mitad del concierto desapareció…. Así, como mismo llegó se fue dejando un vacío y un rastro a talco… Ella quiso ser como los demás, LIKE NORMAL, calzándose unos taconazos del quince para ir a un concierto y bailando como los demás, pero no lo logró, porque todo el mundo la estaba mirando mientras ella actuaba “como si nada”.

Y el otro día, en la Cuore, vi una foto de Britney Spears alrededor de quinientos paparazzis mientras la fotografiaban saliendo de un coche, y Adrien Brody le acaba de regalar un castillo a Elsa Pataky porque está muy buena… (aunque no tenga tobillos como dice mi amiga Shey) y Kate Winslet y su marido Sam Mendes intentar ser granjeros. Os parecerá dispar esta enumeración, pero de verdad que a veces sufro por los famosos porque me pongo en su lugar y pienso que yo vivo preocupada por si me critica alguien en mi humilde trabajo, por si algún amigo dice algo malo de mí o porque me ha salido un grano muy feo que no se me quita, todo ello con la seguridad tajante de que: a nadie le importo un carajo. Y ellos tienen que convertir sus pequeñeces o incluso su intención de seguir siendo quienes son con un montón de imbéciles (nosotros) que queremos ver como se sacan un moco.

Famosos, que sé que me leéis, esta entrada está escrita para vosotros, porque sé que aunque nos encante (a los mortales) pensar que sois patéticos (que un poco sí lo sois), no sois normales, así que no intentéis ir de normales porque no los sois. ¿La fórmula? No existe.

Por eso, os recomiendo a los aspirantes a famosos (que sé que también estáis por ahí en el cibermundo buscándoos en el google), que dejéis de querer ser alguien, porque el precio que se paga es demasiado alto: nunca volverás a ser normales de verdad, aunque lo intentes con todas tus fuerzas.

Si no, que se lo pregunten a Kate Winslet…

Protesto porque yo lo valgo

Una cosa curiosa de estos (los) tiempos modernos es la propaganda del “proteste ya”, en todos los ámbitos. Tras siglos, milenios de opresión hacia los más desfavorecidos: de los ricos a los pobres, los intelectuales a los analfabetos, los profesores a los alumnos y sobre todo los jefes a los subordinados... De pronto, los desfavorecidos hemos sido bendecidos, agraciados, con la capacidad de protestar y defender nuestros derechos. En otras entradas de mi blog he puesto en duda que dichas vías para reclamar lo que nos pertenece funcionen, pero ahora voy a criticar exactamente lo contrario, trascribiendo aquí una duda que me asalta últimamente con cada vez mayor frecuencia:
¿Dónde está situado el límite, la delgada línea
que separa la protesta útil de la caradura?
Os voy a dar un ejemplo certero y curioso. Mi padre trabaja en la empresa privada y mi madre en la empresa pública. Mi padre, en treinta años, o más, que lleva en la misma empresa, apenas ha cogido una baja. Yo lo he visto enfermo algunas veces, no demasiadas pero si lo suficientemente enfermo como para que yo, en su caso, no hubiera sido capaz de levantarme de la cama, pero él se ha puesto el uniforme y ha ido a trabajar con todo el pesar de su alma. ¿Por qué? Porque sabe que necesita ir a trabajar porque si otro día está más enfermo y lo necesita “de verdad”, habrá cubierto el cupo de bajas pagadas. En la empresa pública donde trabaja mi madre, hace unos años, se estableció por convenio que las bajas se pagasen con el 100% del sueldo. Poco después, este convenio fue al traste. ¿Por qué? Se preguntaron los enfadados trabajadores. Pues porque haciendo el estudio pertinente tras un año de aplicación, se dieron cuenta de que un 90% de las bajas eran en festivos y puentes, y todas, en general, habían aumentado un alto porcentaje. Curioso, ¿No?
Lo cierto es que hoy en día los que no tienen posibilidad de quejarse, esos a los que les está afectando la crisis hasta tal punto que miden los parpadeos en el trabajo y se aguantan las ganas de ir al baño por si alguien se queja, los que viven preocupados por si han hecho algo mal sin darse cuenta, esos, no tienen opción a reclamar nada de lo que establece “su convenio”, saben las consecuencias… Y no me parece bien, obviamente. Pero tampoco me parece bien que la gente que lo tiene todo asegurado no sólo se queje de lo que realmente merece la pena, sino que además se queje más por pereza y por ver si consigue vivir del cuento que por llevar la razón y estar siendo tratado injustamente.
Sólo quiero hacer dos aclaraciones, no con esto estoy criticando, ni mucho menos, a los funcionarios. Tengo a muchos a mi alrededor y quiero defender que curran igual o incluso más que cualquiera (y hablaré de los funcionarios en próximas entradas), tampoco quiero poner a parir a la empresa privada, porque ahora mismo soy una empleada cualquiera de una gran empresa privada y no tengo queja alguna del trato hacia los trabajadores, lo único que quiero con esta entrada es reivindicar que seamos más auto-conscientes de los límites de los derechos y deberes, de las culpas que se echan a personas que no se lo merecen y de las responsabilidades que debemos atribuirnos a nosotros mismos. Hoy en día muchos empleados públicos pierden más tiempo en protestar que en trabajar y con eso consiguen dos cosas: unos servicios públicos (que ellos están pagando también) de peor calidad y sobre todo, ir contra sus propios intereses. Hoy en día, un trabajador de la empresa de mi madre que se encuentre realmente enfermo estará en su casa cobrando menos dinero por culpa de algunos desconsiderados que en su momento pillaron una oportuna depresión el puente de la constitución.
Siempre ha pasado y siempre pasará. Al hombre le das la mano, y te arrancará el brazo…

La genialidad

Leí hace unos días una frase que me dejó pensativa por diversos motivos. Trataba de los best sellers: se buscan fórmulas para crearlos, se siguen patrones, pero casi nunca funcionan, casi ningún libro creado para “ser un best seller” logra serlo, sino todo lo contrario. Se trata de una alquimia indescifrable, una combinación de elementos narrativos situados en un momento y en un lugar determinados, los que condicionan que esa obra funcione.

Y ese “algo” indescifrable convierte, a mi parecer, a los autores de best sellers en verdaderos genios, aunque no lo sean de la mejor narrativa o literatura, lo son de lograr enganchar a una masa anónima y saturada de información con una historia que suele ser más de lo mismo, pero un más de lo mismo aderezado de eso que tantos buscan, LA GENIALIDAD. Ese talento intangible parecido al carisma o a la fe en su “materialidad”: o se tiene o no se tiene, pero no se encuentra por mucho que lo busquemos.

Y la genialidad habita en nuestro planeta en fórmulas de lo más variopintas, así que para ilustrar mi forma de entender la genialidad os voy a dar tres ejemplos que no le van a gustar a casi nadie.

EJEMPLO 1: Los castings de gran hermano: la genialidad de la búsqueda.

Muchos elitistas de esos guays que leéis mi blog me diríais ahora: “¡Que soez!” o algún elitismo por el estilo. Pero yo estoy convencida de su genialidad. Consiguen año tras año, sin dejar género de dudas, encontrar a personas tan variopintas pero a la vez tan complementarias que casi sientes que siempre han existido de esa manera, encerrados en esa casa los unos con los otros. Otras cadenas, otros programas, eligen concursantes en multitudinarios castings para diversos realities. Logran encontrar de entre los millones de españoles dispuesto a vivir de la gorra y salir por la tele durante un par de meses a un puñado gente sin carisma, avocada al olvido prematuro. Cantantes desafinantes, artistas de circo prescindibles o parejas detestables. En Gran Hermano, después de diez ediciones y siendo el único país que sigue emitiendo el caduco formato, logran tener el mayor pico de audiencia del año una vez más. Y logran enganchar a la gente una vez más. Y sí, es una mierda de programa, y sí, repetidísimo, y sí, ya cansa, pero si lo tuviese Cuatro con sus castings de pacotilla, ya lo hubiesen quitado de la parrilla.

EJEMPLO 2: Inditex. La genialidad de no dar nada por sentado

Inditex, la empresa textil autora de Zara, Bershka y Massimo Dutty and company logran, cada día, abrir una tienda en el mundo con inmejorables resultados, logran crear proyectos empresariales imposibles que funcionan y la mesa llena de jerseys finos de algodón de todos los colores a doce euros se agota temporada tras temporada a pesar de que todo el mundo tiene una amplia colección en su armario. Todo el mundo viste su ropa, todo el mundo sabe que significa llegar a la calle y ver trescientas camisetas igual que la tuya, pero aún así todo el mundo viste de Zara. Y allí, nada sucede al azar, es el mundo “a pesar de la crisis”, colas kilométricas mientras en las tiendas de al lado las dependientas se comen las uñas amuermadas. ¿Por qué? Porque está perfectamente pensada en cada detalle. Desde las colecciones: lo que cambia y lo que pervive, la gama de colores, la colocación de las estanterías, hasta el sistema de búsqueda de prendas es perfecto. Probad un día a entrar en Zara y observar el mecanismo invisible que mueve la tienda, y luego probad a entrar en Sfera, Pimkie o Top Shop. Coged un jersey de Zara y luego otro idéntico de Sfera, y observad el color de las paredes, la distribución de la tienda. Nada en Inditex sucede por casualidad, por todo eso, funciona una tienda con ropa que mirada de cualquier manera, poco dista de la de cualquiera de sus competidoras.

EJEMPLO 3: Los Soprano. La genialidad de crear personajes.

Siempre lo diré. Me creo más a un mafioso de New Jersey que va al psiquiatra y tiene sueños premonitorios, que llora porque los patos de su jardín toman el vuelo y que no tiene nada que ver conmigo, que a cualquiera de los personajes de clase media de la serie de turno de Globomedia. ¿Por qué? Tendría dos formas de hacerlo entender: dándote una explicación rebuscada sobre las técnicas de la creación de subfondos en los personajes o diciéndote, rotundamente, que necesitas ver Los Soprano para entender la complejidad del ser humano, y sobre todo, del sufrimiento humano. He visto muchas series, me puedo tragar un capítulo de CSI sin pestañear, puedo ver Hidden Palms, me encanta Gossip Girl, elogio The Wire y soy una fan adicta a Sex and The City. Creo que cada una de ellas tiene su encanto y me gusta lo que siento cuando me meto en cada uno de esos mundos, pero definitivamente, nada puede compararse a la obra maestra que es Los Soprano, ya sea por cada una de las miradas entre personajes, por las decisiones, las sopresas, los imprevistos y las vueltas de tuerca al argumento de la ficción televisiva. He visto muchas series, y no va a ser la última vez que hable de esta, pero me quedan diez capítulos de la última temporada para terminar y sólo sé que siento que no sé cómo voy a poder vivir después. Ahora mismo me parece imposible.

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Y en todo eso radica la genialidad, en crear algo, lo que sea, que logra que quién lo tiene no entienda cómo pudo o podrá vivir si ello. Mientras el resto de los mediocres piensan al usarlo: ¿Por qué no se me ocurrió a mi primero?

Dios era negra y no existe

Escribo esto porque me he puesto de mal humor leyendo unos comentarios en un corto en el blog de proyectafilms.

No soy partidaria de defender cortos porque un 90% de los que veo me parecen típicos, malos e incluso un 20% me dan ligeras náuseas y vergüenza ajena, sobre todo los que tratan de una pareja que se está dejando mientras fuma unos cigarrillos en el Bar Paco, con una canción francesa de fondo, y acaba con un tortazo, una carta cayendo al suelo o que ella era la cocaína y él está muerto. Por eso, por ese espíritu crítico que me caracteriza, no dejo de reconocer un corto que tiene los cojones de ser original y por eso defiendo este corto aunque tenga un punto igual de típico que todos. Hablo de Cuestión de fe, cuatro minutos de ficción en los que descubrimos que se ha encontrado un pelo púbico femenino en la sábana santa, despertando un debate público de que tal vez Jesucristo fuese mujer. El corto acaba [spoiler] con una ensoñación del espectador-protagonista en la que se ve a una mujer real, desnuda, colgada en una cruz cual Cristo.
Cuando terminé de verlo no tuve ninguna reacción más que la de analizar un par de planos bastante chulos que había visto. Pero entonces, empecé a leer comentarios de personas que decían que era “reírse y provocar a los que tienen fe”, “una burla a los cristianos”, “una ofensa”, “de mal gusto”, y otras lindeces. Y pensé: ¿En serio? ¿En serio todavía hoy en día hay gente normal que se ofende porque alguien haga un corto en el que se ironice con el sexo de Jesucristo? ¿En serio vivo yo en esa misma sociedad? Pero es más, ¿Todavía hay católicos? (esta última es una pregunta retrógrada, perdón, retórica). Y ahora me diréis, Sabina ¿No respetas la fe de los demás? Y bueno os respondo. Depende de lo que sea respetar. En general me suele dar igual, pero me río de la gente religiosa por dentro. Aunque bueno, respetarlos, si se puede respetar a alguien cuando te ríes por dentro de esa persona, sí lo hago. Pero me parece patética esa esperanza consoladora infundada en un bonito cuento épico inspirado en un loco cualquiera. Me parece igual de patética la gente que va por el mundo siguiendo una imagen de Cristo o de una virgen (esto último ya, más que patético, surrealista). Y espero que no sea una forma de creer que después de la muerte hay algo y que esta vida tiene sentido, porque da igual, cuando os muráis, vuestra conciencia se quedará con vuestro cuerpo, así que incluso si algo de eso es verdad, no os vais a enterar, se enterará tu alma, que en todo caso no eres tú el que estás leyendo esto. Porque la gente que cree en un dios para tener una esperanza de que existe algo después de la muerte, me parece simplemente gente que quiere engañarse a sí misma, aunque eso sí, los envidio por poder hacerlo sin sentirse ridículos e incluso simplemente por poder hacerlo.

Pero ya no hablo solo de creer en dios, que nunca existió, y si lo hubiese hecho, hubiese sido negra, y Jesucristo hubiese sido un robot, chino, gay. Sí, chino, gay, robot. Hablo de la religión católica que es la que más me toca. Una religión llena de personas que ni siquiera saben por dónde tirar. Y es normal, considerando que su fe, más que mover montañas, ha dejado legiones de muertos a su nombre durante siglos, y que fue creada simple y llanamente como una forma de que los ricos pudieran poner a los pobres a su entera disposición esclavizante (sé que no os descubro nada). Si tenemos en cuenta que en esta religión los curas tienen fama de pedófilos, creo que no sin motivo, que la nulidad matrimonial sólo la consiguen los ricos, que la iglesia ha hecho la mayor campaña de la historia a favor de la propagación del sida, que están en descuerdo con que dos personas del mismo sexo puedan adoptar hijos mientras ellos se han dedicado a maltratar niños durante décadas en orfanatos cristianos, que con la mitad de la fortuna del Vaticano se podría terminar el hambre en el mundo y que en sus universidades obligan a los estudiantes a poner en un examen de medicina que el aborto es un crimen. Si tengo en cuenta todo esto, entonces tengo que decir que sí que respeto a esa gente tan maja que cree en un dios cualquiera para tener algo en lo que poder basarse para no pensar que van a desaparecer del mapa como si tal cosa el día menos pensado, y empiezo a no respetar a quienes defienden a una iglesia tan sumamente hipócrita que sus propias “fielas” (como diría la Etxebarría) se sienten ofendidas porque en una obra de arte se muestre a una mujer desnuda, con un cuerpo precioso, emulando una imagen que ellos se han atribuido como símbolo. Me siento más ofendida viendo a un cura babeando mientras le mira las tetas a una tía. Y aún así, no me ofendo, sólo pienso que es muy triste perder tu vida, que es lo único que vas a tener en toda la eternidad, en dedicarte a adorar una mentira.

Que todos esos traumas, todas esas hipocresías, todas esas estupideces, deberían haber quedado en el pasado, en épocas en las que esas cosas eran lógicas y eran normales, en épocas en las que la trepanación era medicina avanzada y que el maltrato infantil era simplemente ser estricto, en el que era normal que un cura sin titulación fuera profesor y una monja enfermera. En una época en que las cosas eran tan duras que más te valía creer en algo. Por eso respeto a la gente católica que se ha criado en la desinformación, respeto a mi abuela que no sabe leer pero se sabe media Biblia de memoria. Pero no, no respeto en absoluto que alguien, sabiendo la otra cara de la historia, y sabiendo que es verdad, tenga los huevos de creerse semejantes barbaridades.

Mi padre me dijo de pequeña que dios era negra y yo a los siete años dejé de creer en dios, así que eso, lo que dije en el título. Y no pienso, ni ahora ni nunca, pedir disculpas a nadie por lo que acabo de escribir.

La Generación Einstein: como yo lo veo

Me he sorprendido porque hablando con algunas personas, muchas de ellas nacidas después del 88, es decir, pertenecientes a la recién acuñada “Generación Einstein”, he descubierto que el concepto no es tan conocido como yo pensaba. Por si algún lector no lo sabe, se llama de esta forma a las personas nacidas después del año 88, a esa afortunada generación que nace con ordenadores y en el mundo de la publicidad, las marcas y la velocidad de información. Según el libro son los más rápidos, los más listos y los más sociables. Y los únicos con valores positivos desde los nacidos antes de la Segunda Guerra Mundial.

Y yo me quedo fascinada con este asunto por varios motivos. El otro día seguí la ley no escrita de mi amiga Sheila sobre ensayos y manuales de autoayuda: “Sabina, tú entra en la librería y ábrelo al azar, y lee la página que toca.” Y siempre lo hago desde que ella me lo dijo. Así que abrí “Generación Einstein” y leí la página en cuestión, en la que el psicólogo relataba que uno de sus pacientes-conejillos de indias se aburría en clase porque los profesores no le sabían enseñar, que no mostraban pasión. Primero lo leí con mi habitual escepticismo: “¿En serio? ¿No nos ha pasado eso a todos?”, pero luego me di cuenta en seguida de que no, de que tiene razón: el sistema educativo estaba caducado cuando yo estaba en el estudiando pero ahora se ha quedado totalmente obsoleto. Leí una vez en un artículo que si un doctor del siglo XIX viajase en el tiempo y entrase en un hospital actual no sabría ni donde está, pero que si ocurriese lo mismo con un profesor y entrase en un colegio, se pondría a dar clase como si tal cosa. Y es que, ¿Cómo quieres que un chaval que tiene el mundo en su pantalla de 17 pulgadas desde que nació, se aprenda un montón de datos de memoria que puede encontrar en 0,00017’’ en Google? Esto me lleva a otro artículo que leí, de los nuevos JASP “jóvenes aunque sobradamente preparados”, en el que decía que un ingeniero aeronáutico iba a una entrevista y el entrevistador le preguntaba un dato súper rebuscado. Él contestaba sin más: “no lo sé, pero tendré la respuesta en medio minuto”. Esa es la educación de hoy en día: menos saber y más saber encontrar.

Yo sé más cosas desde que tengo internet, proporcionalmente hablando. Entro a buscar un dato, si no sé una palabra o no conozco a un determinado personaje lo googleo, si veo un concepto nuevo en internet busco un foro donde lo explique, he aprendido más por mi cuenta en los últimos cuatro años que en toda mi vida. ¿Pero sabéis porqué? ¿Dónde está el origen de eso? Porque me han enseñado a “querer saber”, y creo que eso es lo que olvidan los modeladores de la generación Einstein, tan sociables, listos y despiertos ellos, sus padres y educadores, en su pugna por intentar que internet no se los coma en sus redes y que su hij@ sea el más rápido, el más listo, el más sociable y el más diferente, han olvidado sentarse con ellos a descubrirles que internet es mucho más que el facebook, fotolog y juegos online, y no hablo del manejo, hablo de la cultura. Conozco a mucha gente de esta generación y sí coincido con el autor del libro en que son más auténticos (los que lo son), menos inseguros en ser diferentes y más sociables, pero en un sentido individualista. Es decir, se preocupan por ellos mismos y su propio ecosistema, pasan de política, de implicarse, de ver las noticias o de saber que le pasa el mundo, pasan de leer, incluso de buscar demasiadas cosas en internet más que las que necesitan para sus friquismos, quieren sacar las mejores notas, aprender más, quieren ser cosas importantes (los que quieren), pero lo que quieren por encima de todo, es ser “el mejor” en algo. Esto está bien, por lo menos yo veo mejor esto al precepto de mi generación (¿Puedo añadir “de mierda”?) en la que lo importante era pasar desapercibido, ser uno más del montón e intentar que tus ideas no fuesen demasiado diferentes a las del resto. Hoy en día los niños siguen siendo niños, los adolescentes siguen siendo adolescentes, y los padres siguen siendo padres, pero creo que cada vez más los hijos tienen herramientas reales para crear su propia educación, y decirle a todo el mundo: ¿Realmente crees que me puedes enseñar algo?

No pertenezco a esa generación de contradicciones, y a veces me alegro y a veces no, pero me gusta poder mirarlo desde la distancia más cercana que cabe, de decir “casi estoy ahí” y darme cuenta de cómo han cambiado las cosas. Y sí, a mejor. Por mucho que la gente diga que tiempos pasados siempre fueron mejores, no hablo de tener recuerdos maravillosos de nuestras respectivas adolescencias, hablo de realidad, de elección, de vivir en un mundo donde puedes saber todo lo que quieras, porque ese mundo realmente pertenece al que quiere aprovecharlo, y ningún gilipollas de tu clase vendrá a convencerte de lo que no eres. Pero veo una cara triste en todo esto: veo primero lo occidentalistas que somos al hablar de la generación Einstein sin tener en cuenta que somos un 5% de la población mundial, lo triste que es que hace poco, un amigo de mi primo de dieciséis años recibiera una paliza porque un cabrón que también pertenecía a la generación Einstein quería quitarle el móvil, y también que cuando curioseo a veces por fotologs de algunos de esta generación, no veo más que la ausencia absoluta de vida, autobiografías que dicen: “bueno, me aburría y tal, así soy yo, una persona diferente y especial” y en esas palabras veo, efectivamente, aburrimiento y aislamiento, veo presión, auto-presión y bastante incultura. Me da pena porque como dije en mi primer o segundo post, el mundo por fin, y sin ninguna duda, nos ha ofrecido la anarquía absoluta: internet, un mundo sin ley donde tienes libertad de expresión total, y hemos dejado de ser interesantes, no hemos desnudado ante nosotros mismos y a mí, por lo menos, me damos mucha pena.

La generación Einstein es más lista, más rápida y más sociable. Sólo espero que un alto porcentaje de personas de esta generación sepan utilizar las herramientas que tienen y que este cutre-sistema educativo abra los ojos, quite el lápiz y el papel de las mesas a partir de secundaria, que pongan asignaturas como diseño web, análisis de la imagen, relaciones internacionales y sistemas de comunicación en secundaria, que den por hecho que nunca más importará saber algo de memoria y que realmente no desperdicien el potencial de personas que podrían llegar a ser auténticos Einsteins y que por ahora pueden quedarse en el camino porque nadie les supo orientar y nadie les supo decir que la mejor herramienta que tienen es su propia inteligencia.

Un nombre vale más que mil palabras (bien escritas)

Ayer leí un artículo de Lucía Etxebarría, una de las pocas escritoras de este país que se pueden permitir el lujo de vivir de lo que escriben, y me sentí estafada porque conozco el tema del que habla en profundidad y sé que por encima o por debajo de juicios de valor sobre lo que escribió, de que sus ideas estén más o menos acertadas o de que lo que diga sea moralmente asequible para la masa-media del lector nacional, lo que abundaba por encima de todo ello, y también por debajo, era una apabullante desinformación. No pude evitar, nada más terminar de leer el artículo, imaginarla tumbada en su sofá, escribiendo en su ordenador con los párpados medio caídos y la excusé porque hace mucho calor y claro, eso nubla las ideas, porque si no, no me imagino de ninguna forma como una de las autoras con uno de los más prestigiosos premios literarios de este país es capaz de escribir un artículo donde todo lo que pone es una pura patraña.
Y mi indignación tiene mucho que ver con algo que no debería indignarme, una frase popular que he escuchado a diversas personas a lo largo de mi vida: consigue la fama y échate a dormir. En cualquier mundo esto funciona de la misma manera. Haz algo genial, luego con poner tu nombre delante será suficiente para que vendas libros-discos-cuadros-oloquesea, como churros. En muchos casos, claro. Por ejemplo en el caso de esta escritora. No sé, quizás me equivoco (cosa que por cierto ella jamás admite en su artículo –o debería decir ¿Artícula?-) pero me da la sensación de que si tienes un nombre puedes escribir en un periódico cualquier chorrada mal estructurada y mal escrita, con contenido que es pura pena, y luego quedar genial porque tu opinión cumple con los cánones del periodismo-protesta que esté de moda en este momento.
Me indigna porque va de lo que hay que ir para estar a la última, de “soy parte de la contracultura, feminista radical y anti-taurina”, lo que me parece estupendo, cada cual con sus propias ideas sobre cambiar el mundo, y yo me siento bastante poco radical y poco-contracultural porque no hablo de diferencias de sexo, y eso que también soy anti-taurina… ¿Tengo que pedir disculpas por no ser una feminista radical? No lo creo. Yo expreso mis ideas, me hago respetar cuando es necesario y sé, tengo claro, que somos todos iguales, ¿No es la mejor forma de ser igual que asumiendo que eres igual? Sé que muchas feministas rebatirían mis opiniones diciendo que gracias a gente como yo no ha cambiado el mundo, y en eso les doy la razón, y agradezco y comparto la lucha, pero cuando veo cosas como “las miembras del comité nacional”, me dan ganas de vomitar. Yo quiero un mundo donde las mujeres no se sientan ofendidas porque una palabra esté en masculino, y que sí se hagan respetar cuando un hombre crea que son inferiores por ser mujeres. No puedo soportar las radicalidades, ni en el feminismo ni en ninguna otra cosa. Por eso, cuando se usa como un arma comunicativa, como una forma de darse a conocer, como un sello de identidad, no me gusta. Yo me siento mujer cada día, sí, ¿Y?, me marca en mi vida y en mi forma de concebir mi realidad en la medida en la que me marca mi educación, mi entorno y mi gente, no creo que tenga que considerarlo como algo tremendamente notorio en como soy, y si ya nos ponemos políticos, creo que pocos hombres con talento lo van justificando por ser hombres, pues de la misma forma yo no voy a caer jamás en eso, ni tampoco voy a esconder la falta de creatividad en basura panfletaria. Quién quiera reivindicar algo de la forma propagandística que lo hace esta mujer que lo haga, pero no obtendrá mi respeto por hacerlo, aunque tengo claro el ínfimo valor real de mi respeto.
El caso es que sé de qué pasta está hecha la comunicación en este mundo: un nombre vale más que mil palabras. Lo tengo bien claro desde hace mucho, y no sólo lo acepto sino que no niego poder formar parte de esto algún día, y si algún día pertenezco a esa élite de tener un nombre, me daré con un canto en el pecho. Sólo me digo a mi yo futura que seguro leerá este post: por favor Sabina futura, nunca modifiques tus ideas o escribas cualquier cosa porque-queda-muy-bien-hacerlo y está muy –de-moda. Yo puedo escribir casi cualquier cosa que me manden, puedo escribir sobre cualquier tema, pero si firmo un artículo de opinión, espero jamás escribir uno del que me avergüence. Me he leído el blog de esta escritora, y he leído sus 176 comentarios de puro peloteo en un 98%. Normal, todo ser anónimo que se pone en contacto con un ser referente de opinión, desea expresarle su admiración, pensando que a ese ser le va a interesar y que lo va a considerar el mejor y más interesante de los anónimos seres que habitan en sus comentarios de blog. Lo hacen en todos los blogs y en todos los myspaces, y todos ellos quieren ser como sus ídolos. La era de la comunicación 2.0 nos trae la cercanía del ídolo con el fan, del dios con el fiel, del popular con el anónimo, y eso nos trae también la carencia del filtro. Hoy en día eres quien eres por ser quien eres, y cada vez menos por lo que digas. Por suerte, nos queda poner la esperanza en esa famosa generación Einstein de la que ya hablaré en otro post.
Y mientras, seguiré imaginando a la escritora bestselleriana sentada en su sofá, informándose cinco minutos antes de escribir su putrefacto artículo lleno de desinformación y redacción barata, porque ella, por suerte, tiene un nombre con el que firmar, y eso convierte la tinta en oro.